En Venezuela, un país donde las familias no tienen un botiquín de primeros auxilios pero sí, una espaciosa cava, frascos de bronceador y el traje de baño listos para un fin de semana en la playa; donde un lujoso restaurante al estilo gourmet en los alrededores del mar es tan extraño como ver un ovni descender del cielo y donde un kiosquito de venta de empanadas de cazón es la mejor delicia culinaria. Resulta familiar, por tanto, observar cómo la gente cada octavo mes del año, Semana Santa o Carnaval arma su kit playero para disfrutar de las vacaciones al mejor estilo venezolano.
Durante el viaje, todos entusiastas suben el volumen del equipo de sonido, con el “traqueteo” de un reggaetón de fondo, una bolsa de panes rellenos con diablito, unas cuantas botellas de refresco –por si ataca el hambre- y las respectivas paradas para abastecer el tanque de gasolina del carro; así transcurre el trayecto ciudad-playa. La cola para poder entrar a la anhelada extensión de tierra es increíblemente larga, pero la emoción y las ganas de darse un chapuzón alejan cualquier molestia y hasta se hace amistad con los desconocidos del carro vecino.
Cuando por fin se cumple el reto de entrar y conseguir un toldo libre –si es que los hay- comienzan la improvisación del propio hotel cinco estrellas, es decir, una toalla extendida sobre la arena, la mesita plegable para jugar dominó, un bolso repleto de golosinas y por supuesto, la infaltable cava al tope de hielo y bebidas espirituosas.
Llega la noche, más de la mitad del grupo ha perdido el equilibrio tanto, que ven todo en tercera dimensión, sin embargo, nada los detiene para continuar y al ritmo de los tambores bailan hasta el amanecer.
Son las 12:00 m del día siguiente, nadie quiere levantarse, pero la arena en el cuerpo empieza a incomodar. El insistente sonido de la corneta del carro indica que es hora de partir y aún con algas escondidas entre el cabello abordan el transporte sin ánimos de discusión.
De regreso, la misma cola, los mismos kilómetros por recorrer. Sólo que ahora nadie habla, todos duermen y el único sonido que se escucha es el soplido del viento.
Tras seis horas de viaje, la destrucción total: franelilla y short de vestimenta, la piel enrojecida como un tomate, el dolor desde la punta del cabello hasta la punta de los pies y todavía con ese aspecto hay quien se digna a preguntar “¿de dónde vienen?”
….de París no será, pero sí del paraíso tropical que sólo en Venezuela podrás disfrutar.
Para los extranjeros
Diablito: crema hecha con jamón endiablado, salsa de tomate y mayonesa. Su genialidad está en la preparación express y su buen sabor.
Dominó: juego típico venezolano, a modo de rompecabezas que se van uniendo según la correspondencia de cada pieza.
Traqueteo: una forma de llamarle al ritmo propio del reggaetón.

RT @vidaefectiva: Vacaciones de un venezolano http://goo.gl/fb/IE0Qz