En teoría, las relaciones de pareja son para compartir, aparte de amor, la cotidianidad de los involucrados. Hasta ahí, vamos bien. La complicación inicia cuando se confunde el término de novio con el de siamés.
Semejante alteración ocurre cuando ambos tienen en común las mismas actividades: trabajan o estudian juntos, son vecinos, salen a lugares iguales. Tienen tantos afines que nunca discrepan.
Sin embargo, hasta este punto el asunto todavía es aceptable, muchas parejas asumen las similitudes como un punto fuerte para el funcionamiento de la relación, pues ganan además de un novio, un mejor amigo con quien compartir sus ideales.
Lo tormentoso comienza cuando la persona, en su empeño por incluir a la pareja en cada espacio de su vida, lo aleja de los demás mortales y lo lleva consigo las 24 horas del día, los siete días de la semana y hasta el fin del mundo, como si de un llavero se tratara.
Esto desencadena una serie de molestias entre las personas del entorno. Por ejemplo, los amigos que antes le confiaban sus pesares se sienten cohibidos ante la constante presencia del novio guardaespaldas. Mucho peor si este no es del agrado de todos.
Relaciones de este tipo fracasan fácilmente si no se saben manejar, porque llega un momento en que uno o ambos se sienten asfixiados o aburridos. La necesidad de espacio propio se vuelve urgente.
Aprendamos entonces a diferenciar entre tener un novio o un siamés. Los hermanos siameses lo son porque la naturaleza así lo decidió; en cambio la pareja sentimental sí se puede elegir, somos nosotros mismos los encargados de darle el rumbo adecuado a la relación. Vivir por cuenta propia es una cosa, hacerlo a través de otra persona es distinto.
