Impensable. Realmente inconcebible. Cómo va a sufrir de ese mal un cuerpo que no sabe de arrugas, que no paga las cuentas, que todavía puede contar su edad entre los dedos de las manos y los pies.
Ese cuerpo, capaz de saborear seis trozos de pizza sin el remordimiento de que le hará daño al corazón, siente miedo. Lo escucha con cada pisada hacia la parada, lo respira antes de subirse al bus, lo comparte en la universidad y lo carga de regreso a casa con el peso insoportable que no le dan los libros.
El venenoso recuerdo de un revolver apuntando a una treintena de almas encerradas dentro de un salón de clases, le revuelve la vida a cualquier muchacho que en lugar de preocuparse por eximir las materias lo hace porque un sujeto vestido con gorra y pantalón ajustado le observa con malicia el teléfono que sostiene con la mano.
Lejos de alentarnos o enorgullecernos, somos el número más alto en las estadísticas de muertes violentas. Nos lo hizo saber el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) durante el primer trimestre del año: “La edad promedio de muerte por violencia en Venezuela está entre 15 y 25 años, perdiendo así el 70% de estimación de vida”. Hojear las páginas de sucesos de los periódicos nos lo reitera cada día con la furia de un taladro ahuecando la pared.
Deprimente y lamentable. Nos hemos convertido en viejos con Converse que cierran la puerta temprano, en militares de nuestro propio toque de queda, en portadores de la zozobra que humea desde esta inmensa chimenea llamada Venezuela.
