Hay ocasiones en las que actuamos de forma incongruente a los principios que siempre han regido nuestra personalidad y, sin embargo, nos causa placer hacerlo. Son esos placeres culposos que avergüenza confesar pero que todos alguna vez hemos caído embelesados ante ellos.
- Comer una tableta de chocolate entera durante la semana de la dieta extrema de agua y atún.
- Ser un duro del rock y, en inusuales e inconscientes momentos, encontrarse cantando un reggaeton de Wisin y Yandel o un vallenato corta venas de Felipe Peláez.
- Ver los reality show de MTV, VH1 o cualquier otro canal trasmisor de semejante burla a la dignidad humana, y aún concientes de ello, nos divierta ver durante horas cada nuevo capítulo de Paris Hilton’s My New BFF, por ejemplo.
- Dormir hasta las 12 del mediodía un día laborable, cuando lo normal –y responsable- es levantarse temprano para cumplir con los deberes fijados.
- Fumar. A pesar de lo dañino, quienes lo hacen encuentran placentero inhalar y exhalar humo por la boca.
- Salir a escondidas de los padres y pasarla tan bien que se olvidan los peligros y remordimientos de la hazaña, claro, solo hasta que descubren la mentira.
- Tener 23 años y ser un fiel seguidor de Dora, la exploradora.
- Renunciar al trabajo para pagar con la liquidación la entrada para un concierto del Ricardo Arjona.
- El hombre que tiene como pareja a una excepcional mujer y le es infiel con la vecina, su mejor amiga. La atracción por lo prohibido siempre será un placer oculto que pocos se atreven a confesar.
¿Con cuál se identifica?
