Así tituló en 1925 el diario argentino La Vanguardia un artículo dedicado al cómo y por qué razón la mujer debe comportarse una vez contraídas las nupcias con su amado. Claro, para ese entonces la gente se casaba y así morían, casados. No como ahora: divorciados y mal empatados.
Los mandamientos son:
- No despilfarres. A los hombres no les gusta que el dinero que ganan se tire a manos llenas en pequeñas tonterías.
- Ten tu casa limpia. Una casa limpia refresca el espíritu de un hombre casado.
- No te abandones. Una mujer de apariencia descuidada pronto tendrá que quejarse de un marido desatento.
- No recibas las atenciones de otros hombres. Los maridos son frecuentemente celosos, y a veces abrigan sospechas inmotivadas.
- No trates de substraer a tus hijos de la justa disciplina de sus padres.
- No pases demasiado tiempo con tu madre. Recuerda que para él es suegra.
- No aceptes el consejo de tu vecino, ni de tu vecina, ni del sirviente ni de la sirviente de tu vecina, ni tampoco aceptes el consejo de tus propios parientes acerca de los asuntos de tu casa. Piensa por ti misma y consulta a tu marido.
- No desprecies a tu marido. Aliéntalo
- No te pongas fea. ¡Sonríete!
- No te olvides de las cosas chicas que son importantes. Ten tacto. Sé femenina. A los hombres hay que atraerlos con dulzura como los gatos, no a palos como a los perros.
Si funcionaron entonces, ¿Servirán ahora?

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