¿Ha sentido alguna vez las ganas desenfrenadas de volver a casa, cuando está lejos de ella, y al llegar vociferar con euforia “hogar, dulce hogar”?
Como un imán, una fuerza nos atrae -y otras veces, repele- a las paredes del lugar donde se reside.
El olor que impregna al llegar, el saludo del perro emocionado, el bombillo de la sala que nunca enciende… Tonterías, sí, pero detalles que siempre se piensan cuando estamos fuera de casa:
- La cama cuyo colchón tiene la forma de nuestro cuerpo marcada como sello. El mismo del cual cada hebra, pluma o resorte del relleno que lo esponja concede un plácido y profundo descanso al somnoliento que en él se tumba.
- La comida de mamá. No importa si es recalentada en microondas, la de ella no tiene comparación. Toda madre tiene un platillo secreto, de toque especial, que cualquier hijo ha de extrañar.
- El baño. Importancia diferente dan hombres y mujeres al cuarto sanitario. Para nosotras representa sacrificio entrar a uno ajeno, para ellos hasta un pastizal lo sustituye alegremente.
- El televisor/computadora/aparato cualquiera de nuestro uso exclusivo. Cuando solo hay uno para compartir entre un numeroso colectivo, difícil es llegar a un acuerdo; peor aun, opinar cuando nada es suyo.
A lo sumo, enumeraríamos un interminable listado de objetos que, además de ambientar la casa, forman parte de quienes la habitan, razón válida para echar de menos aquello que en ocasiones reprochamos.
