“No congeles el júbilo” como dijo, en vida, el poeta Mario Benedetti.
Vivir con júbilo al igual que un niño, como ese pedazo de vida que apenas comienza, donde vives todo por vez primera:
Tu primer amor, que probablemente fue el chico que te prestó el sacapuntas en el colegio y al verlo a los ojos, te pareció ver el cielo… y te emocionabas, saltabas, soñabas.
Tus primeros juguetes, cuando la única fecha que parecía importar era tu cumpleaños y navidad (por aquello de los regalos)… y te emocionabas, saltabas, soñabas.
Tus primeros amigos, que generalmente eran tus vecinos y en ellos encontraste el sentimiento encontrado de disfrute y miedo al patear balones y romper ventanas; pero igualmente, junto a ellos, te emocionabas, saltabas, soñabas.
Tus primeras enseñanzas, cuando creías que lo más difícil de la vida era la última página del libro de lectura para darte cuenta que, al final, no era tan difícil… y ver a tus padres premiándote, mientras tu te emocionabas, saltabas, soñabas.
Tus primeras anarquías, cuando comiste sin lavarte las manos como siempre te lo decía mamá y cuando bebiste agua de un chorro junto a tu mejor amigo para sentir la satisfacción de romper reglas… y te emocionabas, saltabas, soñabas.
Tus primeras tantas veces, las cuales quizás fueron sin dolor, sin miedo, sin expectativa de tiempo pues cuando sé es niño, se vive todo sin la amargura de un pasado, el yugo de todo adulto.
Sé ese alguien que a pesar de caerse y rasparse las rodillas, igual se levanta y le suplica a mamá volver a probar los patines; sé ese alguien que a pesar que el amor de su vida en primaria terminó ignorándolo, igual sigue creyendo en el amor; sé ese alguien que a pesar de decepcionarse por falsas amistades, igual sigue prestando sus juguetes…
Sé un eterno niño: emocionate, salta, sueña.
