Si salí mal en el examen es porque el profesor tiene algo en mi contra, si choqué el carro es porque la pared se me atravesó, si se terminó la relación es porque él/ella es un desconsiderado (a), y así una seguidilla de condicionantes que cierran culpando a cualquiera que no sea uno mismo.
Atribuir la responsabilidad de nuestros actos a los demás es evitar pisar la superficie resbaladiza que se cimienta con las decisiones erradas, es quedarse del lado seguro para fingirnos víctimas tanto como se pueda.
Tomar esta postura ante la vida delata la cobardía de enfrentar y resolver los desajustes técnicos que hay en nuestra cabeza, esos que de un momento a otro hacen corto circuito por falta de mantenimiento acabando con todo a su paso, bueno o malo, lo destruye.
He ahí el verdadero lamento. Se pierden amigos, parejas, se aíslan las relaciones familiares como consecuencia del papel de sufridos en el nos enfundamos por no tener las agallas suficientes para reconocer nuestras fallas.
Como suelen decir los psicólogos: “lo primero es aceptar el problema”, ¡hagámoslo! Empecemos por examinarnos internamente, buscar soluciones y, luego –mucho, mucho después- ver si alguien más está involucrado en el lío.
