Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, cuenta la historia bíblica. Henry Ford imitó la fórmula divina para construir Fordlandia, o mejor dicho, la manifestación física de su excentricidad.
El magnate del mundo automotor quiso trasladar la modernidad de los suburbios americanos hasta la selva amazónica para combinar al hombre, la industria y la “buena vida” en una misma sociedad. Lo logró al principio, pero fracasó después con pérdidas calculadas entre los 20 millones de dólares (200 millones actuales).
Fordlandia empezó a tomar forma a principios de 1930 con la intención de incrementar la producción de caucho de la marca Ford y eliminar así el monopolio británico y holandés. Para lograrlo invirtió en 13 Km2 de selva brasileña para cultivar el árbol de caucho.
La maquinaria utilizada, obviamente, era de última tecnología. Y, para Ford, los trabajadores nativos debían comportarse a la altura. Los obligaba a seguir la rutina de un oficinista: les asignaba números de identidad y les imponía una jornada laboral de 9:00 a 05:00 de la tarde bajo un ardiente sol tropical e incluso los obligaba a usar zapatos y a comer hamburguesas. Algo inusual para los seringueiros (brasileños encargados de cosechar el caucho).
Con el tiempo, semejantes condiciones de vida ocasionaron protestas contra el artífice del ambicioso proyecto. El calor y la humedad eran insoportables para sus habitantes. La malaria se propagó entre ellos. De nada sirvió el hospital, los centros de entretenimiento… la selva se resistía al concreto y a todo elemento urbanizador que Ford quería implantar en ella.
En 1940 llegó el esperado final del proyecto de Ford. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Fordlandia se convirtió en una zona estratégica para los intereses nazis y aliados en Sudamérica. Esto, aunado al creciente dominio del caucho sintético sobre el natural, acabó con las ilusiones de Ford.
Del “mundo perfecto” de Henry Ford solo quedan las ruinas. Y como tal solo recibe visitas cuando un curioso desea comprobar con sus ojos la osadía del hombre de querer someter a su modo a la naturaleza.


