Y, si no lo eres, simplemente no estás en la onda. Deducción frívola tomada de personas entre quince y veinte años seguros de que para pasarla bien, hay que portarse mal. Ciertamente, lo prohibido o desconocido atrae e incita a cometer cualquier locura en respuesta a la necesidad de alimentar la adrenalina.
“Después de todo somos jóvenes, tenemos la vida por delante. ¿Por qué negarle paso a la diversión? Salir y amanecer entre semana, fumar, manejar ebrio… Qué importa, nada malo puede pasar. Además, si Lindsay Lohan puede hacerlo, por qué yo no”. Un razonamiento que tiene de inmaduro lo mismo de común.
La actitud mala conducta puede no ser nueva; ya desde épocas pasadas se han formado grupos en contra de las reglas, como los hippies en los años sesenta. Nuestros padres también tuvieron su tiempo de rebeldía. Se iban escondidos a la playa, se escapaban de clases, gastaban la mesada en el autocine… pero como ellos sabiamente argumentan: “eran otros tiempos”.
En ese entonces la inseguridad era menos invasiva, se podía confiar en el vecino, no existía el BlackBerry ni el Twitter. Ahora sí tenemos celular, pero al mismo tiempo la certeza de que nos lo pueden robar a la vuelta de la esquina.
Seguramente ser mala conducta asegura un alto nivel de popularidad, cientos de amigos para saludar, pretendientes para coleccionar. Sin embargo, eso no garantiza un título en la universidad que sirva para un empleo profesional.
¿Se puede ser mala conducta con sensatez? Aunque sea difícil, sí puede lograrse, siempre que se tenga claro un proyecto de vida, es decir, saber hacia dónde vamos y qué se necesita para lograrlo. La clave está en el equilibrio entre la diversión y la responsabilidad.

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