Mucho se habla sobre la disfunción sexual de los hombres, pero poco sobre lo que ocurre entre las féminas, quienes también sufren de patologías vinculadas con el coito insatisfactorio.
La contracción involuntaria de los músculos perivaginales, que origina la imposibilidad de penetración del pene durante una relación sexual, se conoce como vaginismo, un trastorno que miles de mujeres padecen, pero pocas son tratadas por desconocer su condición.
Lo raro del vaginismo es que la mujer puede sentir excitación e incluso llegar al orgasmo, sin embargo, su vagina se cierra de manera que el miembro masculino no puede penetrar para consumar el acto.
Razones para que esto ocurra las hay de tipo fisiológicas y psicológicas. Las primeras corresponden a la existencia de alguna cicatriz en la entrada de la vagina, insuficiencia hormonal, infecciones, manipulación brusca del clítoris durante los juegos preliminares y, en casos excepcionales, la presencia de una anomalía congénita de la vagina que impide la penetración.
La segunda, tiene que ver con los traumas mentales de los que sea víctima la mujer: violaciones, educación sexual precaria o confusa, creencias religiosas estrictas, problemas con la pareja. De hecho, hay expertos que apuestan al vaginismo como una enfermedad fundamentalmente psicológica que se manifiesta con esa poderosa respuesta física.
Para tratar el problema, no es necesario tomar la “pastillita azul”, como en el caso de los hombres con disfunción eréctil, sino valerse de terapias sexuales recomendada por un ginecólogo o mediante la inyección intravaginal de botox, método recién puesto a prueba por investigadores de la Universidad de Teherán, Estados Unidos, con el que buscan interrumpir los impulsos nerviosos y la parálisis muscular que provoca el espasmo vaginal.
