Entra a la casa el único hijo varón de la señora Melisa, el hombre de la casa como lo llama ella. Hoy sus manos no están vacías, lleva la derecha entrelazada con la de una chica que saluda con genuina amabilidad. La madre sorprendida se limita a responder a medias la cortesía, no sin antes escanear de pies a cabeza la figurilla femenina que su niño le presenta como novia.
Ha despertado el millonésimo rol de la señora Melisa: el de suegra “querida”. Al principio no luce molesta, la expresión de su cara es la de una miss recién nombrada segunda finalista del concurso. Con la sonrisa congelada y ojos delatores de una profunda tristeza, la señora Melisa solo puede ver a la nuera como una sanguijuela que le absorberá el amor de su hijo sin dejar siquiera las migajas.
Con esta imagen fija en la mente, la protectora madre cambia sus horas de lectura matutina por investigar, cual detective Lilly Rush, el pasado de la nueva conquista de su hijo consentido. Encuentra que sus sospechas eran ciertas. “Muy bonita y todo, pero no lava, no plancha y no sabe ni hacer arepas. Con lo mucho que le gustan a mi muchachito…” se lamenta la doña.
Chaparrón de agua fría la paraliza cuando, después de haberle informado a su hijo sobre sus hallazgos, él se muestra cada día más embelesado por la mujer que ni jugo de sobrecito sabe preparar. Desaparece la sonrisa de miss, olvida la pericia de la detective Rush; solo le queda tomarse los amargos sorbos de la resignación porque la señora Melisa es ahora una suegra sentada en trono de madre.

