Sin ser modelo de pasarela ni participante de concurso de belleza, toda mujer puede lucir hermosa si así lo decide. Trabajar desde las propias convicciones, de lo bien o mal que observamos nuestro cuerpo, dependerá lo que proyectemos como personas.
Veámoslo de esta manera: si además de tener algunos kilos extra, caminamos encorbadas y con parsimonia es probable que ni los zancudos se acerquen a zumbarnos en el oído. Lo mismo con un cuerpo escultural cuya expresión corporal no inspira ni a la mente más hueca. Todo está en la actitud. Una sonrisa espontánea, un guiño de ojo pícaro, una correcta y natural postura corporal son mejores accesorios que un traje Channel.
Hay que reconciliarse con el espejo. Ver que más allá de los “cauchitos” hay un rostro lozano que con un poco de maquillaje lucirá fenomenal, que hay unas pantorrillas listas para ser exhibidas en un bonito vestido o una cabellera digna de comercial de televisión. Debemos sacarle provecho a cada atributo.
Susan Boyle, por ejemplo, se quitó su traje de invisibilidad ante el mundo al mostrar su afinada voz para cantar. Que no es la mujer más agraciada ¿importa, si hasta superó a Lady Gaga en ventas de su disco debut?
La cuestión es atreverse, pero, sobre todo, aceptarse. Gorditas, flaquitas, curvilíneas, cualquiera sea la forma del cuerpo hay que apreciarlo. Es ese amor u odio el que define cómo vemos y nos ven.
