—Ay, sí… yo me acuerdo cuando fui. Era una muchacha… ¡Buenísimos!— relata la voz cómplice de una señora, con unas cuantas décadas encima, a su vecina de la buseta que las llevará de vuelta a sus hogares.
Quien recibe el entusiasmado recuerdo parece exhausta, tres días de viaje por tierra justifican su semblante. Viene desde Colombia y ha hecho escala en Maracaibo. Solo le alcanzan las palabras para decir que los de Barranquilla son los mejores carnavales del mundo.
Por herencia de los españoles, africanos e indígenas, el Carnaval de Barranquilla constituye un atractivo turístico que hace de la región colombiana uno de los destinos indiscutibles para visitar durante febrero.
Distinguido por la UNESCO como la Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, el Carnaval de Barranquilla es considerado, según Terra, como la segunda celebración carnestolenda más llamativa del mundo. No es para menos. Las tradiciones y la algarabía caribeña se compaginan en un estallido de colores ineludibles hasta para el más apático.
Durante cuatro días, los barranquilleros recorren las calles al paso coreográfico de las comparsas escoltadas por la fantasía de las carrozas y disfraces diseñados con la extravagancia propia de estas fiestas.

La cultura del ingenio
Desde 1903 se hace en Barranquilla la Batalla de las flores, un desfile de los personajes emblemáticos del carnaval encabezado por la Reina y su cuadrilla de príncipes y princesas.
Para el domingo de Carnaval está pautado el Desfile de la Gran Parada, protagonizado por las populares danzas del Torito, la del Garabato y la de las Hilanderas.
Luego de la parranda del fin de semana, los visitantes se despiden del Carnaval rindiéndole tributo a Joselito Carnaval, un personaje que, según cuenta la leyenda, fue un hombre que, tras varios días de festejo, hallaron ebrio en la calle. La familia supuso su muerte. Organizaron el entierro y a mitad de ceremonia Joselito despertó diciendo que “no estaba muerto, estaba de parranda”.
