Entre comunicadores sociales se suele acusar a los graduados en la mención publicidad y relaciones públicas de tener pésima ortografía, pero en el caso de Pablo Zulaica, un joven vasco residenciado en México D.F. parece haber una excepción.
Zulaica se dedica desde 2009 a corregir cuanto cartel escrito en lengua hispana con palabras mal acentuadas o carentes de tilde se tope a su paso, con mayor radicalidad si se trata de mensajes de grandes empresas o carteles políticos porque, según él, este tipo de entes debería prestar mayor atención a sus discursos.
Acentos perdidos, nombre del colectivo creado por Zulaica, comenzó como una actividad inocente en defensa de la buena ortografía en virtud también de las diferencias que encontraba al conversar con sus compañeros mexicanos, siendo él español. El publicista diseñó unas calcomanías en forma de acento dentro de las cuales explicaba la razón de la tilde con notas jocosas como: “Esta palabra se acentúa porque es aguda y termina en n, s o vocal. Te corrijo y te enseño para que no tengas que volver a pagarme. Tesis, trabajos, documentos.”
Para difundir su labor, Zulaica armó un blog con el registro fotográfico de cada intervención. El furor fue tal que personas alrededor del mundo se unieron como correctores voluntarios: ellos identifican un acento omitido, lo corrigen con los formatos dispuestos a través del blog, y registran el proceso con fotografías que publicarán luego en el site.
Muestra de la difusión de Acentos perdidos es la organización de los “tildetones”, encuentros públicos para recuperar los acentos ausentes. Aunque estas salidas fueron originalmente propuestas por la peruana Lorena Flores, se han propagado por el resto del continente, tanto así que Zulaica ha establecido contacto con personas de Brasil que desean imitar su trabajo pero en portugués.
En definitiva, este joven, hijo de periodistas, inició un movimiento realmente interesante: educativo para quien quiera aprender y modelo para los que pertenecemos a la profesión donde escribir correctamente es una virtud elemental, el periodismo.

