
Por reprimir a la boca para hablar o las manos para escribir lo que el corazón nos grita desde adentro, se han quedado muchos “te amo/te quiero” sin pronunciar, agradecimientos por demostrar, abrazos por dar y llamadas por hacer que arden en el pecho como el alcohol en una herida.
Quisiéramos fuese la muerte una de esas pesadillas de las que despertamos exaltados, no más. Lamentablemente no es así y recibirla como noticia nos arrastra de inmediato en un camión de recuerdos como si la mente se empeñara en recuperar cada momento vivido con la compañía de quien ya no está.
Son recuerdos que, aunque agradables, se convierten en una tormenta de melancolía desgraciadamente adulterada por el arrepentimiento de no haber dicho o hecho todo lo que un mísero obituario es incapaz de expresar.
No bastan las dedicatorias públicas de afecto ni repetir el amargo consuelo de que ha partido a un lugar mejor. Nada alivia el dolor de haber perdido a quien, aun cuando estuvo cerca, una muralla de prioridades materiales se encargó de alejarnos lo suficiente como para llegar tarde incluso a su despedida.
