Plantearse la idea de que un hueso se rompa y no sentir un mínimo de dolor parece insensato, pero es real. Una persona entre un millón puede vivir sin sentir ningún tipo de dolor físico debido a una alteración genética conocida como analgesia congénita.
Steven Pete
Este es un padecimiento hereditario de carácter autosómico recesivo o dominante. Quienes la padecen presentan complicaciones ortopédicas como fracturas, luxaciones, escoliosis y osteomielitis, mutilaciones y amputaciones, pues aunque no sientan dolor el organismo reacciona normalmente ante las agresiones.
Entre los inusuales casos de esta enfermedad está el de Steven Pete, un estadounidense de 31 años que fue diagnosticado durante los primeros meses de vida cuando le comenzaron a brotar los dientes y se comió casi un cuarto de lengua, tal como le comentó a BBC Mundo.
A pesar de que Pete ahora tiene una vida relativamente normal, su infancia fue la etapa más dura tanto para él como para sus padres. Si alejar a un niño del peligro es difícil, imagínese cuanto más lo es hacerlo con uno que no llora por haberse golpeado la cabeza o cuando ve cómo le sangra una herida.
“De niños, mi hermano ya fallecido (que también sufría de analgesia congénita) y yo vivíamos entrando y saliendo del hospital a cada rato”, señala. Pete recuerda el susto que le dio a su madre cuando vio el piso de la casa manchado de sangre porque él había entrado corriendo sin notar que llevaba un vidrio clavado en el pie.
Otras complicaciones
Inspeccionar el cuerpo para asegurarse de que todo esté bien no es la única rutina que deben seguir quienes padecen de analgesia congénita. Entre las complicaciones se encuentra la falta del sentido del olfato.
Carecer de este sentido no parece tan relevante como el de la vista, pero a Pete le ha causado unos cuantos problemas: “Me intoxiqué comiendo comida podrida millones de veces. Pasa que pongo cosas en el refrigerador y me olvido. Resulta que después las como y no me doy cuenta de que están en malas condiciones”.
