De posibilidades está lleno el mundo, sólo que tantas veces nos cegamos que le agregamos ese prefijo negativo de “im-” y así imposibilitamos lo posible, con apenas un “pero” volvemos irrealizable algo que podía transformarse en una completa realidad.
Son muchos quienes, después de mantener un noviazgo de considerable duración, terminan como perfectos desconocidos: borrando números de teléfonos y formas de contacto, evitando los lugares en común, dejando de hablarle al otro, huyendo en sentido contrario… todo sea para mandar al olvido a esa persona que repentinamente se despide del puesto de “media naranja”.
Bien es cierto que lo ideal funciona a la inversa del titular: una relación que se construye en un principio como una amistad sincera y se convierte luego en un noviazgo puede ser inmensamente placentero y cómodo para ambas partes…
Pero, ¿se puede dar el caso contrario? Es decir, ¿puede un noviazgo involucionar a amistad nuevamente? ¡Pues, claro que sí! Siempre y cuando ambos se den su tiempo para asimilar y aceptar esta nueva faceta con madurez, respetando los espacios y posibles nuevas parejas de cada quien.
Eso sí, capaz y no podrían ser los mejores amigos pero… nada más divino que el perdón, como diría Gustavo Cerati, y qué mejor que venga en el molde de sana amistad post-noviazgo.
