Comienza el mes de septiembre y con este la jornada laboral o los estudios que se habían suspendido por el periodo vacacional, noticia que solo podría alegrar a los niños ilusionados por estrenar un nuevo uniforme escolar. A los adultos, nos ocurre distinto. El regreso a los deberes profesionales se visualiza como uno de los peores castigos, como si a latigazos nos llevaran hacia el infierno.
Depresión, irritabilidad, tristeza, apatía, ansiedad, insomnio, dolores musculares, tensión, nauseas, extrasístoles (palpitaciones), taquicardias, sensación de ahogo y problemas de estómago son algunos de las manifestaciones físicas de esos latigazos imaginarios que anuncian el fin de las vacaciones y el inicio del síndrome post vacacional, estado emocional que afecta a un importante número de personas en el mundo.
Es algo parecido al cambio climático frío-calor. El desequilibrio que representa dejar de dormir hasta las 11:00 de la mañana para despertarse diariamente en la madrugada hace que el cuerpo se vuelva apático al cambio.
Por supuesto, no a todos afecta igual. El grado de intensidad depende de cuán satisfecho se esté con el empleo que se tiene porque puede que algunos deban encontrarse con la cara amargada de su jefe esclavizador, mientras que a otros (afortunados) los dirige uno que comprende hasta cuando el perrito se enferma.
¿Cómo evitar el síndrome post vacacional?
Adaptándose paulatinamente a la rutina. Regrese unas semanas antes a casa, limite sus horas de sueño vespertinas, pero sobre todo, mentalícese positivamente acerca del retorno a la normalidad. Evite llamarlo rutina, véalo como la oportunidad de mejorar todo aquello que durante el periodo anterior no pudo.
